Parto domiciliario.


Interesante reflexión de una obstétrica que se puede repetir en cualquier centro obstétrico de latinoamérica.

Parto domiciliario

En estos últimos cincuenta años el avance de la ciencia en el terreno de la obstetricia ha sido y sigue siendo sencillamente maravilloso.

Nuestro país, en la materia, no tiene nada que envidiarle a los más aventajados del orbe.

Aún así la atención del natural acto de parir, continúa evolucionando en búsqueda de un equilibrio armonioso para la madre y el bebé.

La aparición del sencillo y revolucionario amplificador de los latidos cardíacos fetales (anteriormente solo percibidos por el estetoscopio de Pinard), el monitoreo fetal, la ecografía en todas sus manifestaciones, la anestesia peridural, el sillón de partos, estudios de laboratorio, el material descartable, fueron pintando un magnífico pergamino de adelantos favorables para la maternidad.

Desde mi situación de obstetra (egresé de la universidad en 1961), pude ser partícipe de todos los cambios a que hago referencia.

El perfeccionamiento en el dictado de los cursos, la inclusión de la pareja en ellos, la participación del padre durante el trabajo de parto y el parto, dieron lugar a una experiencia distinta, compartida, valiosa.

Durante el siglo pasado en la década del cincuenta y del sesenta se fueron abandonando las prácticas de los partos en domicilios.

La creación de maternidades, hospitales y sanatorios con sectores exclusivos para la atención de los nacimientos, con cómodos sillones de partos, con personal especializado, fueron convenciendo a las familias que ésos eran los espacios más convenientes para el insuperable momento.

Los neonatólogos formando parte del equipo de salud, pusieron la nota que faltaba para que la atención fuera completa.

En un todo de acuerdo, en la Argentina, se comenzó a transitar el camino de una obstetricia diferente, cuyos resultados fueron evidentes en el corto plazo.

Franca disminución de la mortalidad materna y fetal en los nacimientos.

Aún así, en ese deambular eterno en búsqueda quizás de mayor perfección, o simplemente por tratar de ser original, se intentó realizar el llamado “parto en el agua” a cuya materialización se opusieron una gran mayoría de obstetras y obstétricas por considerarlo de riesgo. Afortunadamente no prosperó.

Sin embargo, en este buen sendero que la obstetricia transitaba algo hizo crack.

Porque las parejas comenzaron a pensar en el retorno al parto domiciliario. Actitud un tanto inexplicable porque todos sabemos que en una casa de familia no se cuenta con lo indispensable para atender patologías intempestivas.

Debemos admitir que algo ocurrió en algunos países y en algunas familias argentinas para que se resolvieran por ese antiguo modo de parir.

Conversando con algunos de ellos adujeron argumentos que me hicieron reflexionar.

—“Cuando nos internamos en un sanatorio, inmediatamente nos colocan una vía con un suero, aunque todo esté normal”

—“El número de cesáreas es espeluznante, mi madre asegura que en su época no era así y no por eso morían los niños”

—“El constante sonido del monitoreo distrae la atención para lograr una buena e indispensable relajación”.

—“Parir en casa es moderno, distinto. Es un episodio familiar. Solo me internaría en un sanatorio por enfermedad. El parto es salud”.

Todo ello sumado a mi experiencia me permitió llegar a las siguientes conclusiones:

Si el parto es absolutamente normal, no necesita, ni necesitó jamás una atención profesional. La historia así lo demuestra.

¿Entonces para qué está el obstetra, la obstétrica, el neonatólogo, la enfermera?

Indudablemente que para una mejor atención y para la detección oportuna que permita asistir a la madre o al niño en forma urgente y con los medios indispensables, cuando los minutos cuentan para la vida.

Los cursos de preparación para el nacimiento tendrán que ser dictados por un equipo interdisciplinario que por ningún motivo debe excluir al obstetra u obstétrica y sus fundamentos deberán dirigirse al logro de un parto normal.

El aumento del número de cesáreas que no solo preocupa a prestadores y obras sociales, sino a la población en general, tendrá que ser analizado muy profundamente. Para que las mismas vuelvan a ser solamente, la resolución acertada cuando la naturaleza se niega o no permite el arribo a un parto normal.

Finalmente la obstétrica, como lo hace hoy en los países más avanzados del mundo, deberá volver a ocupar en el equipo de salud, el irremplazable espacio de espera que necesita un nacimiento natural.

                                                            Edith Michelotti         Obstétrica

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