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La perspectiva de género.


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Articulo publicado en ” El Dia.ES.” CRITERIOS. La Semana Ramon PI.

La semana política nos ha ofrecido un menú variado, pero el plato fuerte ha sido el rechazo del Congreso de los Diputados a las enmiendas de totalidad contra el proyecto de Ley llamado comúnmente del aborto, y cuyo título completo es “Proyecto de Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”.

El debate social producido por el designio gubernamental de convertir el delito de aborto en un derecho de la madre sin posible intervención del padre de la víctima, ha dejado en penumbra los once primeros artículos de este proyecto legislativo, cuyo alcance es enorme, razón por la cual el amable lector me permitirá que le preste en estas líneas atención monográfica.
Ideología

Para comprender de qué van estos once primeros artículos, que tratan de la llamada “salud sexual y reproductiva”, es necesario tener en cuenta el significado y el alcance de la expresión “perspectiva de género”, empleada repetidamente al referirse a las medidas en los ámbitos sanitario y educativo.

Se trata de una expresión tan usada como poco conocido su significado. La “perspectiva de género” obedece a una ideología que tiene su origen en la transformación del feminismo a partir de la comercialización de la píldora anticonceptiva en la década de los años 60 del siglo pasado. En efecto, la píldora por antonomasia estableció la posibilidad real de disociar la actividad sexual de la reproductiva. Con la píldora se abría la puerta al sexo sin hijos; más adelante, gracias a los avances de la genética, se hicieron también posibles los hijos sin sexo, merced a la fecundación artificial y a las técnicas de crioconservación del esperma y los embriones humanos.

Esta disociación dio lugar a la teoría de que el sexo de los individuos humanos no tiene mayor relevancia que otros aspectos como la estatura o el color de los ojos, el pelo o la piel. En otras palabras, por el hecho de ser varón o mujer, el individuo humano no está ni determinado, ni siquiera condicionado a desarrollar su comportamiento de una forma peculiar. Si ha sido de otra forma hasta ahora, eso se debe a la dominación del varón, que gracias a su mayor fuerza física ha establecido secularmente unos papeles familiares y sociales de sometimiento de las mujeres. Por consiguiente, en virtud de esta concepción del hombre, lo relevante no sería ya el sexo, sino la orientación sexual que cada cual decidiera asumir. Estas diferentes orientaciones serían los géneros. Y así, no habría que establecer diferencias entre sexos, sino entre géneros, que serían cinco, seis o siete según las diferentes tendencias: masculino homosexual, masculino heterosexual, femenino homosexual, femenino heterosexual y bisexual, más el transexual y el travestido.

Los géneros, de acuerdo con esta ideología, deberían gozar de idéntico tratamiento político, legislativo e incluso moral, de suerte que cualquier crítica o connotación que pudiera juzgarse peyorativa hacia cualquier género debería ser castigada. Y como la “perspectiva de género” no hace distinción entre las personas y sus conductas, así han nacido ya en algunos países como Canadá y, ahora, Estados Unidos, los llamados delitos de odio (”hate crimes”), que castigan no ya a los hechos derivados de la repulsión hacia ciertas personas, sino hacia ciertos comportamientos: serían, pues, delitos de odio cualesquiera críticas hacia la conducta homosexual o sexualmente promiscua, aunque no llevasen consigo ninguna animadversión hacia las personas que las desarrollasen.

Consecuencias

Las consecuencias de todo esto se adivinan fácilmente: al desaparecer cualesquiera distinciones entre el papel del padre y el de la madre en la crianza y educación de los hijos, resulta que la institución de la familia se convierte en algo perseguible; pero, dado su arraigo, la forma de acabar con ella es, en una primera etapa, vaciar de contenido el significado de la palabra misma, estableciendo tantos “tipos de familia” como acuerdos voluntarios entre personas que decidan observar cualesquiera conductas sexuales. Más adelante, esta ideología sueña con que la hoy llamada “familia tradicional” pasará a ser algo sencillamente ilegal. Y, desde luego, todas las religiones que establezcan diferencias entre unos u otros comportamientos sexuales deberán ser perseguidas y silenciadas.

De acuerdo con esto, la educación debe inculcar esta doctrina a los niños desde su infancia, como ya ocurre entre nosotros con las asignaturas de “Educación para la ciudadanía”, obligatorias en todos los colegios, tanto públicos como concertados o no.

Pues bien, la “Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo” está articulada sobre estas bases. La gente, en general, desconoce esto; y, si se les explica, muchas personas muestran una tenaz resistencia a creer que semejante cosa sea posible. Pero lo es, está ocurriendo delante de nuestras propias narices, y no queremos reconocerlo.

Ahora se discutirá duramente sobre si las niñas de 16 años podrán abortar sin autorización y sin siquiera conocimiento de sus padres. Esto es grave, pero no más que el establecimiento obligatorio de la ideología de género en la formación de los niños en general, y de los médicos y personal sanitario en particular, a quienes, obviamente, se negará toda posibilidad de ejercer la objeción de conciencia. Estamos, en suma, asistiendo a la implantación del totalitarismo. Y, lo que es más asombroso, en nombre de la libertad.

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